Hoy esperamos que haya un hospital en cada ciudad. Se nos olvida que durante casi toda la historia, si eras pobre y te enfermabas, no tenías adónde ir. Algunos de los primeros lugares que recibían a cualquiera, gratis, los fundaron cristianos que querían hacer lo que Jesús dijo.
El año del hambre
Basilio era obispo, un líder de las iglesias, en una ciudad llamada Cesarea, en la tierra que hoy es el centro de Turquía. Hacia el año 368 no llovió y se perdieron las cosechas. La gente se moría de hambre.
Basilio venía de una familia rica. Así que vendió tierras que le habían dado y usó el dinero para comprar comida. Su amigo Gregorio, otro líder de la iglesia que después escribió sobre su vida, contó que Basilio cocinaba y servía él mismo a los hambrientos, y no preguntaba quién era cristiano y quién no.
La ciudad nueva
Cuando pasó el hambre, Basilio no se detuvo. Hacia el año 369 d. C. empezó a construir a las afueras de la ciudad. Aquello creció hasta ser todo un conjunto de edificios: casas para los pobres, un lugar para los viajeros, cuartos para los enfermos y cuidados para las personas con lepra, una enfermedad de la piel que hacía que los demás tuvieran miedo de tocarlas.
Allí trabajaban médicos y enfermeros. Gregorio escribió que era tan grande que parecía una ciudad nueva. La gente empezó a llamar al lugar la Basiliada, que quiere decir el lugar de Basilio.
Una mujer en Roma
Unos años después, hacia el año 390 d. C., una mujer rica de Roma llamada Fabiola hizo algo parecido en esa ciudad. Jerónimo, un estudioso de la Biblia que la conocía, escribió que ella abrió un hospital y que ella misma traía a los enfermos desde la calle. Lavaba heridas que otros no querían ni mirar.
Lo que significa para nosotros
Los cristianos no siempre hemos vivido así. También hemos construido iglesias de oro mientras la gente afuera pasaba hambre. Pero Basilio y Fabiola muestran cómo se ve cuando alguien toma en serio la palabra de Jesús, que ayudar al enfermo es ayudarlo a él.
No necesitas construir un hospital. Puedes llevarle sopa a un vecino enfermo, o sentarte con alguien en una sala de espera para que no esté solo. Es la misma misericordia, solo que más pequeña, y cuenta igual.
