A algunos nos dijeron que si de verdad confiáramos en Dios, no lloraríamos tanto. Que el luto es una forma de duda. Que ya deberíamos haberlo superado.
Jesús lloró. Y lo hizo delante de todos.
Un amigo que murió
Jesús tenía amigos muy cercanos en un pueblito llamado Betania. Eran dos hermanas, Marta y María, y su hermano Lázaro. Jesús se quedaba en su casa. Los quería mucho.
Lázaro se enfermó gravemente. Las hermanas le mandaron aviso a Jesús. Cuando él llegó, Lázaro ya llevaba cuatro días muerto y sepultado.
Marta salió a su encuentro en el camino. Le dijo: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no fuera muerto». Después llegó María, se echó a sus pies y le dijo lo mismo.
Ante la tumba
El Evangelio de Juan, uno de los cuatro relatos de la vida de Jesús, cuenta esta parte. Dice que cuando Jesús vio llorar a María, y llorar también a los amigos que estaban con ella, se conmovió profundamente. Preguntó dónde habían puesto a Lázaro. Le dijeron: «Señor, ven, y ve».
Y lloró Jesús.
Juan 11:35 · Reina-Valera 1909
Es el versículo más corto de toda la Biblia. La gente que estaba allí dijo: «Mirad cómo le amaba».
Por qué importa
Jesús ya sabía lo que iba a hacer. Unos minutos después se paró frente a la tumba y llamó a Lázaro para que saliera, y Lázaro salió caminando, vivo.
Él sabía que el final iba a ser bueno, y lloró de todos modos.
Eso nos dice algo de Dios. Él no se queda lejos de nuestro dolor diciéndonos que nos animemos. Se queda con nosotros junto a la tumba, y llora.
Si estás de luto, tus lágrimas muestran cuánto amaste a alguien. Jesús también lloró por su amigo. Nunca estás solo en eso.