Un oficial del ejército romano confió tanto en Jesús que Jesús dijo que no había hallado una fe así en ninguna parte de Israel. Luego dijo que muchos vendrían del oriente y del occidente a sentarse en el banquete con Abraham. Los de afuera reciben lugar en la mesa de Dios. Nacer adentro no te aparta un lugar.
El Evangelio de Mateo cuenta esto en el capítulo 8, en el pueblo de Capernaum en Galilea. Justo antes, Jesús sana a un hombre con lepra. Justo después, sana de la fiebre a la suegra de Pedro.
Un centurión vino a Jesús. Un centurión era un oficial del ejército romano, el ejército extranjero que gobernaba la tierra. Le pidió a Jesús que sanara a su siervo, que estaba en casa enfermo y con mucho dolor. Dijo que Jesús ni siquiera tenía que ir a la casa. Que solo dijera la palabra, y el siervo sanaría.
Jesús se maravilló. Dijo que no había hallado una fe así en ninguna parte de Israel. Luego dijo esto.
Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham, é Isaac, y Jacob, en el reino de los cielos: Mas los hijos del reino serán echados á las tinieblas de afuera: allí será el lloro y el crujir de dientes.
Mateo 8:11-12 · Reina-Valera 1909
Quién recibe los lugares
Abraham era el padre del pueblo, Isaac era su hijo y Jacob era su nieto. La gente del oriente y del occidente son los de afuera, como este soldado romano. Jesús dice que se sentarán en el banquete.
Los hijos del reino son la gente que estaba segura de que tenía su lugar apartado por la familia de la que venía. Lo que sorprende de esta línea es quién recibe los lugares y quién no.
Lo que significa
Jesús dijo esto en respuesta a la fe de un extranjero. No es una imagen de Dios disfrutando del dolor de nadie. Es una advertencia contra confiar en tu nacimiento. Nadie está adentro por su familia, y nadie está afuera por el lugar de donde viene.
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Lee el capítulo completo: Mateo 8
1Y COMO descendió del monte, le seguían muchas gentes.
2Y he aquí un leproso vino, y le adoraba, diciendo: Señor, si quisieres, puedes limpiarme.
3Y extendiendo Jesús su mano, le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y luego su lepra fué limpiada.
4Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas á nadie; mas ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece el presente que mandó Moisés, para testimonio á ellos.
5Y entrando Jesús en Capernaum, vino á él un centurión, rogándole,
6Y diciendo: Señor, mi mozo yace en casa paralítico, gravemente atormentado.
7Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré.
8Y respondió el centurión, y dijo: Señor, no soy digno de que entres debajo de mi techado; mas solamente di la palabra, y mi mozo sanará.
9Porque también yo soy hombre bajo de potestad, y tengo bajo de mí soldados: y digo á éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y á mi siervo: Haz esto, y lo hace.
10Y oyendo Jesús, se maravilló, y dijo á los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado fe tanta.
11Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham, é Isaac, y Jacob, en el reino de los cielos:
12Mas los hijos del reino serán echados á las tinieblas de afuera: allí será el lloro y el crujir de dientes.
13Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creiste te sea hecho. Y su mozo fué sano en el mismo momento.
14Y vino Jesús á casa de Pedro, y vió á su suegra echada en cama, y con fiebre.
15Y tocó su mano, y la fiebre la dejó: y ella se levantó, y les servía.
16Y como fué ya tarde, trajeron á él muchos endemoniados; y echó los demonios con la palabra, y sanó á todos los enfermos;
17Para que se cumpliese lo que fué dicho por el profeta Isaías, que dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.
18Y viendo Jesús muchas gentes alrededor de sí, mandó pasar á la otra parte del lago.
19Y llegándose un escriba, le dijo: Maestro, te seguiré á donde quiera que fueres.
20Y Jesús le dijo: Las zorras tienen cavernas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recueste su cabeza.
21Y otro de sus discípulos le dijo: Señor, dame licencia para que vaya primero, y entierre á mi padre.
22Y Jesús le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren á sus muertos.
23Y entrando él en el barco, sus discípulos le siguieron.
24Y he aquí, fué hecho en la mar un gran movimiento, que el barco se cubría de las ondas; mas él dormía.
25Y llegándose sus discípulos, le despertaron, diciendo: Señor, sálvanos, que perecemos.
26Y él les dice: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió á los vientos y á la mar; y fué grande bonanza.
27Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y la mar le obedecen?
28Y como él hubo llegado en la otra ribera al país de los Gergesenos, le vinieron al encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, fieros en gran manera, que nadie podía pasar por aquel camino.
29Y he aquí clamaron, diciendo: ¿Qué tenemos contigo, Jesús, Hijo de Dios? ¿has venido acá á molestarnos antes de tiempo?
30Y estaba lejos de ellos un hato de muchos puercos paciendo.
31Y los demonios le rogaron, diciendo: Si nos echas, permítenos ir á aquel hato de puercos.
32Y les dijo: Id. Y ellos salieron, y se fueron á aquel hato de puercos: y he aquí, todo el hato de los puercos se precipitó de un despeñadero en la mar, y murieron en las aguas.
33Y los porqueros huyeron, y viniendo á la ciudad, contaron todas las cosas, y lo que había pasado con los endemoniados.
34Y he aquí, toda la ciudad salió á encontrar á Jesús: y cuando le vieron, le rogaban que saliese de sus términos.
Reina-Valera 1909