Cuando Jesús quiso nombrar el peor lugar donde podía terminar una persona, no inventó una palabra nueva. Nombró un valle real al que cualquiera en Jerusalén podía bajar caminando en unos minutos. Mucho antes de que él naciera, unos padres se habían parado en ese valle y les habían entregado sus propios hijos a un dios, y luego los habían visto arder. Jesús escogió ese lugar a propósito. Y cuando conoces su historia, la palabra que usó deja de sonar como una amenaza de Dios y empieza a sonar como una advertencia sobre lo que hace la gente cuando sirve a un dios que quiere niños.
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