En el año 326, unos obreros en Jerusalén estaban derribando, piedra por piedra, un viejo templo romano dedicado a la diosa Venus. Los cristianos de la ciudad decían que la tumba de Jesús estaba enterrada debajo, y el emperador romano Constantino quería que se construyera una iglesia en ese lugar. Le escribió una carta sobre eso a Macario, el obispo de Jerusalén. Eusebio, un obispo que conocía al emperador y escribió la historia de su vida, guardó una copia de esa carta. Esto es lo que decía.
Conviene, pues, que tu sabiduría disponga y provea todo lo necesario para la obra, de modo que no solo la iglesia entera supere en belleza a todas las demás, sean cuales sean, sino que también los detalles del edificio sean tales que las construcciones más hermosas de cualquier ciudad del imperio queden superadas por esta. (Eusebio, Vida de Constantino 3.31)
El emperador quería el edificio más hermoso de todo su imperio, y lo quería en la tierra donde Jesús murió y resucitó. La iglesia sigue en pie allí hoy, y la gente todavía cruza el mundo para besar sus piedras.
Unos trescientos años antes de esa carta, Jesús se había sentado junto a un pozo en Samaria y le había dicho a una mujer que la pregunta de qué pedazo de tierra le pertenecía a Dios se había terminado. La primera lección de esta Verdad cuenta su historia.
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