Durante unos trescientos años, emperadores cristianos gobernaron Jerusalén. Tenían el dinero, la piedra y los obreros, y toda la ciudad estaba en sus manos, y aun así nunca reconstruyeron el templo. Nunca levantaron allí un solo altar, y bajo su gobierno nunca se mató allí ningún cordero.
En todo ese tiempo, el único gobernante que intentó reconstruirlo fue un hombre que ya le había dado la espalda a Jesús.
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