Muchos crecimos pensando que el enojo siempre está mal. Así que cuando lo sentimos, también sentimos vergüenza. Lo guardamos adentro, y termina saliendo por otro lado.
Hay una historia en la que Jesús se enojó, y nos ayuda.
El hombre de la mano
Era sábado, el día semanal de descanso, y Jesús entró en la sinagoga, el lugar del pueblo donde la gente se reunía para orar y leer las Escrituras. Allí había un hombre que tenía una mano seca. No le funcionaba.
Algunos hombres observaban a Jesús con atención. La ley decía que no se trabajara en sábado, y algunos contaban el sanar como trabajo. Esperaban a ver si sanaba al hombre, para poder acusarlo.
Jesús le dijo al hombre que se pusiera de pie delante de todos. Luego les hizo una pregunta a los líderes. ¿Está bien en sábado hacer el bien, o hacer el mal? ¿Salvar una vida, o quitarla?
Nadie respondió.
Su enojo
El Evangelio de Marcos, uno de los cuatro relatos de la vida de Jesús, nos cuenta lo que Jesús sintió en ese silencio.
Y mirándolos alrededor con enojo, condoleciéndose de la ceguedad de su corazón, dice al hombre: Extiende tu mano. Y la extendió, y su mano fué restituída sana.
Marcos 3:5 · Reina-Valera 1909
Estaba enojado y triste al mismo tiempo. A ellos les importaba más su regla que este hombre que tenían delante. Y luego, enseguida, lo sanó.
Lo que significa para ti
El enojo de Jesús no era por él mismo. Nadie lo había insultado. Estaba enojado porque a alguien lo estaban tratando como si valiera menos que una regla. Y su enojo no lastimó a nadie. Se convirtió en ayuda.
Eso nos da una manera de mirar nuestro propio enojo. Sentir enojo no siempre es pecado. A veces quiere decir que ves algo que está mal. La pregunta es para qué es ese enojo, y qué haces con él después.
Si estás enojado porque alguien está sufriendo, ese enojo puede volverse bondad, como el de él. Y si tu enojo ha lastimado a otros, no eres el único. Todos hemos dicho cosas con enojo que quisiéramos no haber dicho. Dios es tierno con nosotros también ahí.