Antes de resucitar a un muerto, Jesús se paró ante la tumba y lloró. Ese momento suele saltarse camino del milagro, pero nos muestra a Dios de pie en la tierra con los ojos rojos, turbado hasta lo más hondo. Se quedó allí llorando. Y unos minutos después va a mostrar que la muerte no tiene la última palabra.
El Evangelio de Juan cuenta esta historia en el capítulo 11. Justo antes, Jesús ha salido de Jerusalén y ha cruzado el río Jordán, hasta el lugar donde Juan el Bautista solía bautizar a la gente, porque unos hombres en Jerusalén habían tomado piedras para tirárselas. Justo después, los príncipes de los sacerdotes y los fariseos, un grupo de maestros de la ley, se reúnen en concilio y deciden que Jesús tiene que morir.
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