Casi todos hemos vivido bajo una regla que nadie sabe explicar, tal vez en una familia, en un trabajo o en una iglesia. Todos la obedecen y nadie recuerda quién la hizo, y después de suficientes años empieza a sentirse como si viniera de Dios.
Jesús se metió de lleno en la regla más grande de esa clase en sus días, el día de descanso. La rompió una y otra vez, a la vista de todos, delante de los hombres más dispuestos a denunciarlo. Los evangelios cuentan tres de esos días, y una frase que él dijo sobre eso y que la gente todavía cita.
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